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El país que cantó aunque doliera

 
Por Pedro Ramos
El Mundial ha terminado. Y no solo terminó por la eliminación de México ante Inglaterra, ni por ese marcador que se nos quedó atorado entre la garganta y el pecho. Terminó también porque la Copa del Mundo dejó de jugarse en territorio mexicano. Se apagaron las luces, se vaciaron las tribunas, se desmontaron las pantallas gigantes y, poco a poco, el país volvió a ese ruido cotidiano que nunca se va del todo.
Quizá todavía no somos plenamente conscientes de lo que acabamos de vivir. Durante unos días, México volvió a sentirse como una casa enorme con las puertas abiertas, un país que pese a sus heridas, sus pendientes, sus contradicciones y sus miedos, fue capaz de recibir al mundo con la mesa puesta, la música encendida y el corazón por delante.
En cinco días de partidos de El Tri, millones de compatriotas a lo largo y ancho de Norteamérica sufrieron, gritaron, suspiraron y tocaron la gloria con el alma durante 90 minutos y un poco más de agregado. Se llenaron los Fan Fest oficiales en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, pero también los zócalos, las plazas, las calles, las taquerías, las salas, las oficinas y todos esos rincones repartidos en los 1,960,647 kilómetros cuadrados de superficie mexicana donde una playera verde bastó para reconocernos.
Y no solo ocurrió aquí. En Estados Unidos y Canadá, los Fan Fest también se llenaron de mexicanos, paisanos que viven lejos de la tierra, pero que jamás se han ido del todo, porque México no solo cabe en un mapa, cabe en una bandera colgada en la ventana, en una bocina sonando a todo volumen, en una llamada familiar antes del partido, en una lágrima contenida durante el Himno Nacional o en ese grito que cruza fronteras sin pedir permiso.
Donde hay un mexicano, hay fiesta, pero también hay memoria, hay alegría, sí, pero también nostalgia; Hay esperanza, sobre todo esperanza. Esa esperanza fue la que nos hizo sufrir la noche del domingo, en un partido que sabíamos complicado, que sabíamos cuesta arriba, que sabíamos casi imposible cuando Inglaterra nos puso contra la pared. Pero el mexicano tiene una relación extraña con lo imposible: lo mira de frente, le hace una broma, se acomoda la camiseta y pregunta: “¿Y si sí?”.
Ese “¿Y si sí?” fue la frase que guió esta justa mundialista, fue el amuleto invisible de millones de personas, lo que mantuvo a la afición creyendo en los elegidos del Vasco, en esos 26 hombres que vistieron de verde, negro y blanco para poner el nombre de México entre los mejores 16 del mundo; no fue perfecto, no fue suficiente pero fue una mejora, un paso, una sacudida al conformismo de tantas eliminaciones que parecían escritas antes de jugarse.
Esta vez no solo estuvieron los aficionados de siempre, los que han visto más decepciones que alegrías, los que conocen de memoria el peso del quinto partido y las cicatrices de cada Mundial, esta vez también hubo nuevas caras, nuevas voces y nuevos sueños. Niños que recordarán este torneo como su primer gran amor futbolero, jóvenes que descubrieron que una selección también puede heredarse como se heredan las recetas, los apellidos y las historias familiares, hombres y mujeres que dejaron la garganta gritando los goles de Raúl, Julián, Luis, Mateo y Álvaro, como si en cada festejo se nos regresara un pedazo de país.
Después llegó el golpe, la eliminación, el silencio raro después del silbatazo; Ese momento en el que uno no sabe si apagar la televisión, quedarse mirando la cancha o fingir que no le dolió. Y al día siguiente, como suele ocurrir en México, la gente se levantó y regresó a su vida, al trabajo, al transporte, al mercado, a la escuela, a la rutina. Como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó, pasó algo en el pecho: Un hueco, un dolor pequeño y enorme, una espada atravesando el alma colectiva.
Y hay quienes dicen que solo es fútbol...
Pero no, en México casi nada es “solo” algo. El fútbol no es solo fútbol cuando se convierte en refugio para un país cansado, no es solo fútbol cuando logra que personas que no se conocen se abracen en una plaza, no es solo fútbol cuando une por unos minutos a familias divididas, ciudades golpeadas, comunidades que han aprendido a vivir entre la ilusión y la incertidumbre.
Porque este Mundial también ocurrió en un México real, no en una postal perfecta ni en un comercial turístico. Ocurrió en un país hermoso y profundamente complejo, un país de estadios llenos y carreteras con miedo, de aeropuertos recibiendo al mundo y familias que siguen buscando justicia, de gobiernos que prometen transformación y ciudadanos que exigen resultados, de discursos patrióticos y comunidades que todavía piden seguridad, paz, servicios, oportunidades y dignidad.
Por eso emociona tanto lo que se vivió. Porque México no celebró desde la comodidad de no tener problemas, celebró a pesar de ellos, celebró con todo y la violencia que todavía marca regiones enteras, con todo y la desconfianza hacia la clase política, con todo y la sensación de que muchas veces el país avanza cargando piedras en la espalda. Celebró porque también tiene derecho a hacerlo, porque la alegría no borra la realidad, pero ayuda a resistirla.
La gente de este país ha sufrido durante años, no solo en lo deportivo, sino como sociedad, ha aprendido a levantarse después de tragedias, crisis, abusos, promesas incumplidas y noticias que duelen, y aun así, no se rinde, no baja los brazos, no se conforma con lo mínimo. Esa misma mentalidad era la que se esperaba del representativo nacional: competir, resistir, levantarse, mirar al rival de frente aunque fuera superior, aunque el marcador pesara, aunque la lógica dijera otra cosa.
El domingo, cuando nos vimos abajo por dos goles ante un equipo mejor, esa esperanza siguió viva. Tal vez no era racional, tal vez no era táctica o no cabía en ningún análisis frío. Pero ahí estaba, latiendo en millones de mexicanos que seguían creyendo. Porque México es eso: una terquedad luminosa, un país que muchas veces parece estar perdiendo y, aun así, encuentra manera de empujar.
Hoy queda el dolor, sí, queda la pregunta de siempre, la autocrítica necesaria, queda el debate sobre jugadores, decisiones, procesos y responsabilidades. Pero también queda algo más valioso: la certeza de que México volvió a sentirse Mundial. Que durante unos días fuimos anfitriones, protagonistas, fiesta, garganta, abrazo y memoria.
Gracias, México, por recibir a todos los países con la hermandad y el cariño con el que recibes a los propios, gracias por demostrar que debimos tener muchísimos más partidos, gracias a quienes animaron a los tristes, levantaron a los caídos y abrazaron a quienes lo necesitaron. Gracias a los que cantaron aunque no tuvieran boleto, a los que llenaron las calles, a los que organizaron reuniones, a los que lloraron sin pena y a los que volvieron a creer aunque juraron que ya no lo harían.
El Mundial se fue de México. Pero algo se quedó.
Se quedó en las plazas, en las camisetas, en las fotos borrosas de celebración, en las voces roncas, en los niños que ahora sueñan con una cancha, en los paisanos que, desde lejos, volvieron a sentirse cerca. Se quedó en esa mezcla tan nuestra de orgullo y herida, de fiesta y reclamo, de nostalgia y esperanza.
Porque México, con todo lo que duele y todo lo que falta, sigue siendo un país capaz de recibir al mundo con el corazón abierto.
Y aunque la Copa ya no se juegue aquí, aunque El Tri haya quedado en el camino, aunque el lunes nos haya devuelto a la realidad, nadie nos quita lo vivido.
Nadie nos quita esos días en los que volvimos a mirar al cielo, con la camiseta puesta, preguntándonos una vez más:
¿Y si sí?

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